En los últimos días los principales líderes europeos repiten una misma idea como si se tratara de un mantra: Europa debe defender sus intereses. La expresión aparece una y otra vez en discursos institucionales, declaraciones diplomáticas y debates sobre seguridad internacional. Sin embargo, rara vez se explica qué significa exactamente. ¿De qué intereses estamos hablando?
Responder a esa pregunta exige recordar una cuestión fundamental: Europa continúa formando parte del mismo centro de poder internacional que ha dominado el sistema mundial durante siglos.
Tras la Segunda Guerra Mundial, las potencias europeas quedaron integradas en un nuevo orden occidental liderado por Estados Unidos. El Plan Marshall consolidó esa dependencia económica, mientras que la creación de la OTAN, en 1949, estructuró militarmente el bloque atlántico en plena Guerra Fría. El prestigio político alcanzado por la Unión Soviética tras la derrota del nazismo, unido al peso social que conservaban los partidos comunistas en países como Francia o Italia, empujó a las élites europeas a reforzar su alianza estratégica con Washington.
Aquella alianza atlántica no fue únicamente un pacto militar, sino un sistema de poder destinado a preservar un orden internacional basado en la primacía económica, política y militar de Occidente y en la defensa del modo de producción capitalista.
Con la desintegración de la Unión Soviética muchos analistas proclamaron la victoria definitiva del capitalismo occidental. La intervención de la OTAN contra Yugoslavia en 1999 —la primera gran operación militar de la organización tras el final de la Guerra Fría— pareció confirmar la idea de que el mundo entraba en una etapa unipolar bajo liderazgo estadounidense. Sin embargo, la historia no se detuvo.
Aquella alianza atlántica no fue únicamente un pacto militar, sino un sistema de poder destinado a preservar un orden internacional basado en la primacía económica, política y militar de Occidente.
Durante las décadas siguientes comenzaron a emerger nuevas potencias económicas. China aceleró su crecimiento hasta convertirse en la segunda economía mundial y en el principal socio comercial de decenas de países —alrededor de sesenta—, además de situarse entre los tres primeros socios comerciales de más de 150 economías del planeta. Rusia, devastada tras la desintegración de la URSS, inició un lento proceso de reconstrucción estatal. Potencias regionales como India o Brasil ampliaron también su influencia. Poco a poco empezó a configurarse un escenario internacional más complejo y plural. La historia, que algunos habían dado por concluida, demostraba que apenas estaba entrando en una nueva etapa: era el fin del "fin de la historia".

Estos cambios también tuvieron consecuencias en Europa. La creación del euro no fue únicamente un proyecto de integración económica interna. También respondía a una ambición geopolítica: dotar al bloque europeo de una moneda capaz de competir con el dólar y reforzar su capacidad de proyección en el sistema financiero internacional, donde la moneda estadounidense sigue concentrando algo más de la mitad de las reservas globales, alrededor del 57 % del total.
Para Francia, el euro suponía mantener su influencia política dentro del continente y equilibrar el peso de Alemania. Para Alemania —principal potencia industrial europea— significaba consolidar un amplio mercado interior donde su economía exportadora pudiera expandirse sin las limitaciones que imponían las fluctuaciones monetarias entre Estados.
Sin embargo, cuando los intereses estratégicos del sistema occidental han estado en juego, Europa ha actuado de forma bastante coherente con la lógica del bloque atlántico.
Un ejemplo reciente lo encontramos tras el ataque unilateral de Estados Unidos e Israel contra Irán. La reacción inicial de las instituciones europeas fue condenar… a Irán. Aunque dentro de la propia Unión Europea han aparecido matices —el gobierno español, por ejemplo, ha rechazado participar directamente en esa guerra— la respuesta general ha sido mantener la alineación estratégica con Washington.
Algo similar ocurrió cuando Reino Unido anunció haber sufrido un ataque contra una de sus bases militares en Chipre. A pesar de que la autoría del ataque sigue sin confirmarse y de que incluso se ha descartado por ahora la implicación directa de Irán, varios países europeos decidieron enviar medios militares para apoyar a Londres, entre ellos España. El episodio resulta especialmente significativo si se tiene en cuenta que esa base británica ha sido utilizada como plataforma logística para operaciones vinculadas al genocidio de Israel en Gaza.
Cuando Europa habla de defender sus intereses estratégicos, en realidad está hablando de proteger el mismo sistema de rutas comerciales, mercados y recursos que sostiene la primacía global del bloque occidental.
Otro ejemplo de esta supuesta autonomía estratégica europea lo encontramos en el Mar Rojo. Cuando los hutíes de Yemen anunciaron que impedirían el paso a los barcos vinculados con Israel en el estrecho de Bab el-Mandeb como respuesta al genocidio en Gaza, Estados Unidos lanzó una operación militar contra Yemen con el argumento de proteger la navegación internacional. La Unión Europea afirmó entonces que no participaría en la operación estadounidense. Sin embargo, poco después desplegó su propia misión naval en la zona para garantizar exactamente el mismo objetivo.
Mientras tanto, el canciller alemán Friedrich Merz dejaba caer con una franqueza poco habitual en la diplomacia que Israel estaba haciendo "el trabajo sucio" de Occidente.
Ni la operación estadounidense ni la europea han logrado frenar completamente las acciones de los hutíes. Pero el episodio deja clara una cuestión fundamental: cuando Europa habla de defender sus intereses estratégicos, en realidad está hablando de proteger el mismo sistema de rutas comerciales, mercados y recursos que sostiene la primacía global del bloque occidental.
Cuando se habla de los llamados "intereses europeos", en realidad se está hablando en gran medida de los intereses económicos de sus principales potencias y de sus grandes corporaciones.
En América Latina, por ejemplo, las multinacionales españolas ampliaron enormemente su presencia tras las privatizaciones de los años noventa, controlando sectores clave como la energía, las telecomunicaciones o el sistema financiero. Francia, por su parte, ha tratado durante décadas de mantener su influencia en África a través del sistema conocido como Françafrique, que garantizaba el acceso privilegiado a recursos estratégicos como el uranio de Níger, fundamental para su industria nuclear. En el caso de Alemania, su prioridad ha sido mantener su liderazgo económico dentro del propio mercado europeo, algo que quedó especialmente claro durante la crisis financiera de 2008, cuando las políticas de austeridad impuestas al sur de Europa protegieron ante todo al sistema financiero del norte.
Por eso, cuando las élites europeas hablan de defender sus intereses, rara vez están hablando de mejorar la vida de sus pueblos, y mucho menos de impulsar un mundo multipolar más equilibrado. Puede que a algunas capitales europeas no les entusiasme el liderazgo estadounidense, pero lo aceptan porque garantiza algo aún más importante: la continuidad de un orden internacional del que también obtienen ventajas. Y no se trata solo de eso. Si las potencias europeas pudieran sostener ese sistema por sí solas, probablemente lo harían.
Pero Europa no es solo sus élites. También existe el pueblo europeo: el que se moviliza contra el genocidio en Gaza, el que protesta contra la guerra contra Irán, el que denuncia la intervención en Venezuela o el sitio medieval impuesto contra Cuba. Ese pueblo europeo nunca ha tenido los mismos intereses que su oligarquía. Y probablemente esa sea, precisamente, la contradicción política más profunda del continente.


